A pesar de este desencuentro hipotético, no pretendo renunciar al puesto de presidente de su club de fans, título que en alguna ocasión me han otorgado. Méritos para haberse ganado esta “devoción” condicional no le faltan. Ha sido maestro dentro y fuera de las aulas, jugador de ajedrez dentro y fuera del tablero, ingeniero por sus cojones, mi gemelo en circunstancias por una temporada y epicentro de encrucijadas sentimentales. ¿Deméritos? Se los reservo para escupirselos a la cara con ironía y con un par de copas delante y dentro de nosotros, en una de esas noches en las que me puedo tirar hablando horas sin parar con él.
A Rafa le he adivinado romperse un par de veces y le he visto recomponerse otras tantas. En la última de ellas se inventó un lema: “El mejor remedio para no padecer de ex-novias es no tener más novias”. Pobre infeliz, marcarse una regla universal es el camino más directo para estrellarse contra la excepción que la confirma. A ver si el trayecto le sirve al menos de acicate para escribir, que sus faltas de ortografía se extrañan en las letras de los Bluefreins.
Así que mientras este Cary Grant con chandal de la UCLM, gestor del oligopolio de mis confesiones a medias con mi hermano, arrastra sus caprichos de hijo único, su “r” y su cultura del encanto por el mundo; yo voy cocinando a fuego lento una pregunta, una excusa cualquiera para tomarme una copa en el Cicelly, un día de Abril que paremos los dos por Ciudad Real.



