lunes, 20 de octubre de 2008

La saga del Ford Orion (I): Only you

¡Que gran invento era el cassette! Ese objeto plástico (o de Fe-Cr como cantaba Kiko Veneno) que nos servía para copiar hasta el infinito algún remoto original que poseía el familiar con pasta del amigo de un vecino de un colega. Entre el ruido y la estática tratabamos de adivinar las letras de las canciones, que si encima eran en otro idioma, desarrollaban nuestra creatividad fonética hasta límites insospechados (el famoso inglés “inventao” del que hablaban los Chanclas).

Pero indudablemente el más difícil todavía era escuchar una cinta en el radiocassette del coche. Siempre preocupados por no poner una original no fuera a ser que enganchara. Siempre un boli BIC para rebobinar la cinta y no cargarte el radiocassette. O el inolvidable sonido de la radio que inundaba el habitáculo de pasajeros (deformación profesional) cuando la cinta llegaba a su final.

Cuando lo "heredé", el Ford Orion 1.6i Ghia de mi progenitor tenía unos hambrientos faldones-spoilers que sin masticar se tragaban los bordillos al aparcar. Una manivela a modo de organillo para abrir el techo solar. Un volante de competición con bocina en el centro instalada por el gentil propietario que dejó olvidado en su interior una TDK de 60’ con No me pises que llevo chanclas por la cara A y El Norte por la cara B. Un asiento trasero con menos historias que contar que él del coche de la dispuesta amiga de Quique González. Un palo de fregona para sujetar el maletero que se caía y un radiocassette sensiblón que cada vez que sentía un bache, escondía el sonido de uno de sus altavoces, siendo preciso invitarle a dejar de lado su timidez con un pequeño empujoncito.

Muchas fueron las sufridas cintas que experimentaban la intermitente mutilación de la música y de todas ellas hay una víctima que recuerdo con cariño sin ningún motivo especial: el Only You de The Platters. Una canción que se aleja del objetivo original de esta evocación y que sin embargo, va a permitir que el post de hoy se convierta en la introducción de una breve saga con un transporte sin dirección asistida como nexo de unión, sólo él me podía servir.



P.D.: Lo lamento él de la foto es un sucedáneo, otra copia como los cassettes.

domingo, 5 de octubre de 2008

Las tías de Edipo

“Ella está esto (imaginaos el gesto que hacemos con los dedos para simbolizar un poquito) por encima de mí”. Así situaba el pasado Viernes un hombre a la mujer que afirma amar respondiendo a una pregunta que yo le había hecho. Desde el otro lado de la mesa, el mecanismo de mi cabecita, agitado por la metafísica influencia de la copa que degustaba, recondujo la frase hasta asociarla con una idea de la que quería escribir hace ya algunos días y no encontraba cómo.

La sensación de que tu “pareja” (concededle toda la extensión posible al término) se encuentra (o creemos que se encuentra) en un nivel superior con respecto a uno mismo, me resulta familiar en los tratos de dos que he conocido. Es difícil valorar en estas situaciones, tanto para los espectadores como para los actores, si se trata de un dato objetivo, de un espejismo de enamoradizos (“…es una diosa”), o de un reflejo de cierto complejo de inferioridad (“…no me la merezco”), pero es norma habitual en el endémico teatrillo “Simpleza masculina Vs. Complejidad femenina” y viceversa.

Nunca he tenido reparo en reconocer que mi viaje emocional esconde en su interior una búsqueda de conocimiento, natural o condicionada, un aprendizaje sentimental que lleva aparejado un ocasional reparto de roles: debe haber una figura a un nivel superior que enseñe al aprendiz. Y cómo todo ya está escrito y de todo se ha cantado, la palabra búsqueda me invita a recuperar la figura magistral de una canción de Pedro Guerra: “…Peter Pan buscaba a su madre en las mil mujeres del aire…”.

Vaya por Dios, resulta que los chicos que no queremos crecer buscamos madres, con sus abrazos reconfortantes, sus broncas, sus atenciones y sus enseñanzas. Pero claro, el mundo no gira alrededor de nuestro ombligo y cuando echamos un vistazo, nos damos cuenta de que nuestro universo está frecuentado por un importante número de chicas que se han rebelado contra este papel. Treintañeras por exceso o por defecto en cuyos planes no entra el andar limpiando mocos y neuras de las cabezas de unos micos y que se ríen en la cara del famoso “reloj biológico” (y del que los nombra) con un argumento sencillo: son tías. Y la verdad es que molan más que las madres.

Las tías son más independientes, no están encima de ti todo el día, no te echan broncas, te traen regalos y te enseñan cosas guays que sólo ellas saben. Tienes con ellas secretos que no les puedes contar a nadie y algo que no podemos pasar por alto: madre no hay más que una pero tías puedes tener varias.

Así que, tened claro que los Edipos que hoy corretean por los parques, no están locamente enamorados de sus madres. No sienten envidia de sus padres ni culpa por odiarlos. Ellos están maquinando en la arena planes para deshacerse del detestable acompañante de sus tías y así poder disfrutar de sus favores. Y mañana se juntarán con sus amiguitos en el recreo y les contaran cuán fabulosas son sus tías, y cómo tienen que dar pedales para llegar al pedestal, como estrujan el coco para ser más inteligentes y listos y dignos de ellas. Para que luego, desde el otro lado de la mesa, el mismo reconocido monógamo que inauguraba esta reflexión, te diga, con una caña en la mano, en otro momento de su vida en un mal buen día:”(Las mujeres) No dan para tanto”. ¡Lo que hay que oír!

Si Freud levantara la cabeza…

miércoles, 1 de octubre de 2008

Roadhouse Blues

Existe un bar revestido de madera en Ciudad Real donde me obligo a parar cada vez que paso por allí. En él, he clavado un dardo en el centro de la diana salvando la cabeza de algún amigo. En él, una morena de ojos verdes me quemó con un cigarro mientras discutía sobre el daño que OT2 hacía al mundo. En él, me he deshecho en elogios en el oído de cierta chica y el amigo que había al lado luego me ha hecho burla. En él, me quedé sin respiración frente al Rinoceronte Blanco una noche de estudio que quedé a las cuatro de la mañana para tomar una copa. En él, me encontraba, vaso en mano, la madrugada que precedía a mi examen práctico del carnet de conducir. Cada vez que llegaba a él, una camarera no hacía más que preguntarme por el amigo de antes. En él, sólo he escuchado tres canciones en español en todo este tiempo, y una, era de los Bluefreins.

El Cycelly se convirtió en parada habitual en los últimos años de la Universidad (bueno, mis últimos años fueron unos cuantos) y desde entonces no soy capaz de abandonar su influjo, de hecho ni siquiera lo intento. Siempre que vuelvo a Royal City, me siento en la obligación de comprobar si el destino ha querido que aún no lo hayan vendido y si las estrictas normas del lugar se siguen manteniendo: los porros se fuman en la calle, regla que la plantilla y la clientela del local cumplen estrictamente. Y por supuesto, para cumplir mi propia regla: pedir al pincha de turno que ponga una de los Doors.

Mi atracción por The Doors creo que viene por parte del primer puertollanero que se me casó (aún tengo por ahí grabado en cinta el L.A. Woman y uno de los tantos recopilatorios que han sacado de estos chicos) y se hizo inmensa en el Eroski de al lado de mi casa en CR, donde poco a poco me acabé comprando todos los CD’s. No sé que tienen estos tipos, quizá el rollo autodestructivo de Jim Morrison, o el incomparable sonido del órgano Hammond (por fin entendí la canción de Siniestro Total), pero su música me engancha y desde cierto día en que escuché un canción de ellos en el Cycelly, siempre vuelvo para pedirla.

El sábado pasado no pudo ser menos, así que aliviado porque el Galleto aún no haya vendido el bar, entristecido recordando los tiempos en que el Rinoceronte Blanco campaba por esta sabana, alegre merced al chupito de Jack Daniels de rigor, reconfortado por la conversación que me ofrecía mi acompañante y agradecido porque Montse aceptara mi enésima petición, le dí un sorbo a mi Jameson con cola, expectante por saber si el teclado-bajo de “Break on trough (to the other side)” entraría en escena, o si el órgano de “Light my fire” sería el elegido para saciar mi apetito, para que finalmente una voz anunciara en inglés que el plato del día se llamaba “Roadhouse blues”.

"And keep your eyes on the road,
Your hands upon the wheel..."




Letra de la canción: http://www.purelyrics.com/index.php?lyrics=tiirnqqx