viernes, 14 de noviembre de 2008

El traje de Eva

¡Que engañados nos tenían los japoneses! Toda la vida pensando que entre los Alpes correteaban enanitas morenas de mofletes rosados cantando “Abuelito dime tú” y cuando encargamos una suiza, nos plantan en la puerta una amazona rubia de más de 1’80. Bueno, y de mofletes rosados.

Cuando la sacamos de la caja y nos pidió un “csigarro” con su “r” teutona, a punto estuvimos de mandarla a Mallorca, pero afortunadamente alguien le echó un vistazo a las instrucciones: Eva Suiza 100% Cantón alemán. Por si acaso hicimos la prueba: “Eva, tú que prefieres ¿Cola Cao o Nesquik?”. “Me da igual”. Vale, esa neutralidad absoluta es auténtica.

Aún marcados por el estereotipo intentamos nutrir a la chica en base a nuestro escaso conocimiento de la gastronomía suiza: chocolate y fondues, y harta de semejante catetada, se fugó en busca de sustento, una noche de fiesta. Vagó por las calles para acabar haciendo cola en un sitio creyendo que repartían comida y allí una simpática marsellesa, le explicó que el Palacio de Gaviria no era un restaurante y la invitó a vivir en una torre llena de princesas con la excusa de que una de ellas hacía una tortilla de patatas de puta madre. Y allí que se fue, a perfeccionar su español entre francesas, inglesas, búlgaras, alemanas, etc, haciéndose fuerte en su habitación y viendo como se iban y entraban distintos alumnos y alumnas en la academia de Babel.

Su hueco en el edificio lo mantenía gracias en última instancia a Mozart y en primera a la discográfica que le pagaba el sueldo. El presupuesto le permitía construirse disfraces de Campanilla XXL, pero para peluquería andaba algo justita, así que de oxigenarse el pelo hasta la hiperventilación se encargó ella por su cuenta.

Cuando, tras muchas vivencias y fiestas, consideró razonablemente perfeccionado el idioma, decidió cambiar de aires y se largó a las antípodas a chapurrear inglés y a ponerse más roja que morena. A su retorno, el mundo del trabajo decidió llamarla desde su tierra y ella aceptó las reglas de la vida adulta, preparó su caja y se facturó de nuevo a Suiza, no sin echar antes alguna que otra lágrima.

Allí, esta “tarada”, explicará en alemán, en inglés, en argentino y en lo que se tercie, como disfrutó de las copas, las risas y las fabadas. Y de cómo los nietos de Alfredo Landa preferíamos las suizas a las suecas, nos maravillábamos viéndola agitar el látigo en el metro y jugábamos a quitarle el hipo rendidos a sus “Drei und vierzig”.

Allí, si el destino lo permite, espero poder echarme una foto más de tantas, besando su mejilla.

Hasta pronto.