
En la conversación que tuve después con ella me sorprendió descubrir que era estudiante de medicina. Cuando le pregunté por las motivaciones para realizar un trabajo que yo creía más propio de alguien que estudiara sociología, ella respondió que su interés por este tipo de cuestiones éticas surgió cuando charlando con médicos profesionales le explicaron cómo actuaban en los casos de embarazos avanzados en los que el feto tenía pocas probabilidades de sobrevivir y existía un riesgo de salud para la madre en el parto. Le contaron que a pesar de que la solución desde el punto de vista médico, garantizar la salud de la madre, era evidente, se planteaba un verdadero problema a la hora de transmitir la noticia puesto que en ningún momento podían decirle a la “futura” madre que existía un 90% de probabilidades de que el bebé no saliera adelante o falleciera al poco de nacer, ya que se podría abrazar al 10% de posibilidades favorables y querría tener el niño aún a riesgo de su propia vida.
Esta anécdota vuelve a mi cabeza de vez en cuando para recordarme ese extraño mecanismo que nos lleva a los seres humanos a aferrarnos a lo imposible, aquello tan manido de que la esperanza es lo último que se pierde. Fieles a esta enseñanza más que principio, avanzamos por la vida agarrándonos a esos pequeños detalles que interpretamos como favorables para nuestros intereses: una limosna en la nómina, una palmadita en la espalda, una sonrisa amable, una frase incoherente en una conversación…, inconscientes de que todo el valor que aportamos a esos gestos es en verdad fruto del deseo oculto del receptor y no una señal en clave del neutro e indiferente emisor.
Luego, derrotados por la cruda realidad, nos prometemos en vano no volver a caer en la trampa, huir hacia adelante y enterrar por siempre la esperanza en un ataúd sellado con esos clavos ardiendo. Pero es inútil, el viento idealista acaba erosionando el terreno, liberando fantasmas que nos invitan a probar el más difícil todavía; a perseguir, sin importar el riesgo, nuestro 10% de remotas posibilidades; a hipotecarnos para comprar, a falta de invitación, la entrada para el jardín.
Al menos, a mí me pasa.
Esta anécdota vuelve a mi cabeza de vez en cuando para recordarme ese extraño mecanismo que nos lleva a los seres humanos a aferrarnos a lo imposible, aquello tan manido de que la esperanza es lo último que se pierde. Fieles a esta enseñanza más que principio, avanzamos por la vida agarrándonos a esos pequeños detalles que interpretamos como favorables para nuestros intereses: una limosna en la nómina, una palmadita en la espalda, una sonrisa amable, una frase incoherente en una conversación…, inconscientes de que todo el valor que aportamos a esos gestos es en verdad fruto del deseo oculto del receptor y no una señal en clave del neutro e indiferente emisor.
Luego, derrotados por la cruda realidad, nos prometemos en vano no volver a caer en la trampa, huir hacia adelante y enterrar por siempre la esperanza en un ataúd sellado con esos clavos ardiendo. Pero es inútil, el viento idealista acaba erosionando el terreno, liberando fantasmas que nos invitan a probar el más difícil todavía; a perseguir, sin importar el riesgo, nuestro 10% de remotas posibilidades; a hipotecarnos para comprar, a falta de invitación, la entrada para el jardín.
Al menos, a mí me pasa.


4 comentarios:
pojclaro, habrá que ser optimista, no? total, de pegarse la costalá siempre hay tiempo, pero y si sale bien?
Resulta que también nos pasa a los demás. Pero no creo que sea solo para aferrarnos a las más o menos remotas posibilidades de un %, sino porque el egocentrismo propio del ser humano nos hace relacionar mucho de lo que nos rodea con nosotros mismos.
A veces para nuestro bien, otras, no tanto.
Aunque la filosofía siempre me ha interesado, nunca aprendí mucho en el instituto porque mi profesor era un gilipollas, si bien creo recordar que había uno que decía que la realidad es totalmente subjetivas, ya que sólo existe a través de la percepción del individuo ( ¿ Descartes ? ). También recuerdo ver algunos programas de redes sobre las reacciones químicas del cerebro ante determinados estímulos. Resumiendo, si te gusta tu trabajo, tienes casa, y ayer echaste un polvo, tu visión de la vida tenderá a ser de las del 10%. ( ¿Descartes? No, estoy servido )
No se trata de ser pesimista, pero yo prefiero tener los pies en el suelo. Vemos señales donde no las hay, le buscamos tres pies al gato, y con eso lo único que conseguimos es darnos un tortazo más grande. si hay un 10 % de posibilidades de que sea si, ten claro que va a ser que no.
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