jueves, 5 de junio de 2008

El tiempo

A los tipos de ciencias como yo, nos enseñaron que el tiempo es una flecha señalando al futuro con una "t" al final. Una variable que avanza de forma inexorable hacia delante en paquetes cuantificables y uniformes llamados milésimas, segundos, minutos, horas, años, etc. La abcisa que dirige las más o menos ordenadas posiciones y velocidades que dibujan nuestra trayectoria en la vida.

Puedo asumir, de esta definición, que el tiempo sólo tenga un sentido de empuje del que no podemos escapar; por mucho que nos guste vivir pensando que todo sigue igual, que nada cambia, la realidad nos ofrece, cotidianamente, un testimonio de algo que ya no es como era antes: la barriga, el cansancio, las ojeras, la falta de números a los que llamar, etc. Pero, lo que no estoy dispuesto a admitir, es que el tiempo se me presente como una inyección de tamaño infinito con un émbolo gigante que me administra dosis proporcionales.

Para mí el tiempo es un parámetro emocional, materia voluble que se estira y se encoge, como un chicle, en función del estado de ánimo. Dicha maleabilidad permite alargar el segundo en que tarda en llegar una respuesta hasta convertirse en una eternidad o reducir dos semanas de vacaciones hasta alcanzar el tamaño de un insignificante instante.

El tiempo es tan inestable que, combinado con otros elementos, no solo cambia sus dimensiones, sino además sus propiedades. De esta forma, la espera transforma una semana en un infierno; la pasión, un fin de semana en una maratón; el desamor, una relación de “x” años en una anécdota; los malos hábitos, la vida en dos telediarios; el aburrimiento, una hora de clase en una condena y la promesa de algo querido, un día de viaje en un precio asequible.

La cuestión es, que esta característica emocional convierte el tiempo en un término individual y subjetivo, de forma que cada uno avanza por el espacio a su propio e inconstante ritmo, trazando curvas que se encuentran y se separan con otras, como si la realidad fuera una maraña de raíles de montañas rusas en los que a veces los vagones hasta coinciden en algún punto. A mí este vaivén, plagado de parones y acelerones según el pie con el que uno se levante, me trae aún tan despistado, que ciertos Miércoles me los cambian por Sábados, los Jueves terminan siendo Domingos de cama y resaca y hasta algunos Viernes acabo estando de Lunes.

¿Y aún os extraña que sea impuntual? Bastante tengo con recordar en que día vivo.

3 comentarios:

Unknown dijo...

y el día entonces dices que está yendo lentito, no? mae mía, si ejque eres insaciableeeeer (gambiterísticamente hablando, digo)

Anónimo dijo...

No podría estar más de acuerdo con el sentido relativo del tiempo, pero no te olvides de que fuera de las definiciones físicas más puristas, en la concepción más común se trata de un término absoluto. Y es que el tiempo no es como una película en un reproductor que puedas pausar, pasar más rápido, rebobinar, volver a repetir una escena varias veces... El tiempo sigue su curso hacia adelante impasible e inexorable, ajeno a todo lo que le rodea, incluyendo nuestra propia percepción de su transcurso.

Ay los clockstoppers... qué gran película...

Anónimo dijo...

¿ EL TIEMPO ?
NO SÉ, AQUÍ ESTÁ LLOVIENDO