jueves, 12 de junio de 2008

La culpa

Fue Primigenio García, el que me invitó a reflexionar en su momento, y por supuesto con una copa en la mano, sobre el “sentimiento de culpa judeo-cristiano” que nos han inculcado (no me castiguen por el término, lo reproduzco textualmente). Aquel día, con el alcohol empapándonos por dentro y el sudor por fuera, salieron a la luz, en nuestra conversación, todas esas cargas en teoría impuestas por la vida o la sociedad pero realmente aceptadas por nosotros como tales.

La familia, los amigos, la pareja, el trabajo, el amor, el sexo,... en todas estas relaciones nos han enseñado a obedecer unas normas de conducta, a seguir la “educación” que hemos recibido de diferentes fuentes. Marcados por el papel que se supone que debemos seguir en cada caso, nos asalta el sentimiento de culpa cuando movidos por nuestros propios impulsos, sentimientos o intereses, tomamos decisiones que nos arrastran fuera de estos límites. La evaluación de lo que hemos hecho comparado con lo que se debería haber hecho, nos provoca remordimientos y nos cuelga de nuevo un rol: el del culpable, que lleva asociado la aparición de una o varias víctimas. El siguiente paso: aceptar el sufrimiento como justo castigo por el pecado cometido.Lo curioso es que, cuando dejamos pasar el tiempo y tomamos una nueva perspectiva de la situación que tanta culpa nos ha generado, nos damos cuenta (sea por madurez, sea por la desaparición de influencias externas), que nuestros “pecados” no nos han convertido en demonios y que nuestras “víctimas” no viven en un estado de constante martirio, ni son tan inocentes como las pintamos (personalmente detesto a las personas victimistas que se benefician de este juego de culpabilidades pero supongo que eso ya es otro debate).

En mi vida he tomado distintas decisiones, cada cual en su momento y en su contexto; unas más o menos acertadas, otras más o menos difíciles. Tal vez de alguna pueda decir que me arrepienta, me cuesta traerla a la cabeza. Casi todas en las que el fantasma de la culpa ha querido aparecer eran compartidas, en mayor o menor medida, de forma más o menos directa, con otras personas. Comencé siempre en dichas ocasiones con la aprehendida paja mental para acabar después con la misma conclusión: soy responsable de mis decisiones y consecuente con lo que se derive de ellas. No soy culpable ni los busco. El día que mi herencia cultural se esfuerce nuevamente en no dejarme dormir, el remedio lo tengo claro: una resaca para poner las neuronas en orden.

“…soy un hombre feliz y quiero que me perdonen, por este día los muertos de mi felicidad…” Silvio Rodríguez

4 comentarios:

Unknown dijo...

Ningún efecto es unicausal, o eso pienso yo. Igual es que soy de letras, y en ciencias me inclino por la física cuántica, pero creo que somos parte de una red en conexión y movimiento constante, por eso me apoyo en la multicausalidad de las cosas. Y eso no significa que esté libre de espejismos de culpa...sobretodo cuando no soy capaz de ver el resto de factores que han estado jugando su papel.

Incluso cuando uno es víctima desde un lado, este mismo puede considerarse responsable desde otro (y no solo hay dos lados...).
La responsabilidad no es solo del supuesto "culpable", como actor principal. Todos somos actores en este teatro, y para la vida de cada uno, casi seguro tenemos el papel protagonista. Y además somos autores, así que en nuestras manos está escribir un drama, una tragicomedia, o una historia de terror. Mejor una de aventuras, no?

¿Y dejarse llevar por los impulsos no es ser víctima de ellos? Entiendo que dejarse arrastrar también es una elección, si no sería una adicción, obsesión o compulsión.

Nadiesabe. Quiénsabe. Vaya lío...

Unknown dijo...

lo dicho, el questé libre de judeocristianismo que tire la primera piedra

Anónimo dijo...

Seré breve: ¡por el placer sin culpa! Y a vivir...

Anónimo dijo...

FUE DEL CHA-CHA-CHÁ