martes, 15 de abril de 2008

El traje de Carolina

Resulta difícil olvidar aquella mañana de Mayo. Los sudores que me provocaba la dureza del ataque del sol me habían hecho arrepentirme del traje elegido para acudir a mi primer día en Renault, especialmente cuando se helaron sobre mi piel al encontrarme frente a mí al terror de los agentes secretos, la Mata-Hari de los karaokes; aquella que en el mundillo del espionaje era conocida como “Pionono de la Isla” y que se hacía llamar Carolina.

A primera vista resultaba difícil creer que esa criatura de inofensiva apariencia fuera la inventora del mortífero ataque de la “locomotora”, pero mis superiores me habían informado bien de su letal condición y del reguero de víctimas que había dejado a lo largo de sus misiones en Venezuela, Francia y España, concretamente en Sevilla. Pobre agente Manolo, nunca volvió a ser el mismo.

Las dudas sobre su condición se disiparon con los pequeños detalles que desvelaban su entrenamiento militar: la desconfiada mirada de soslayo al ir a la máquina de agua, su obsesión por el orden y especialmente, por mucho que ella lo quisiera camuflar como una frustrada vocación por el bisturí, la minuciosidad con la que diseccionaba los filetes en el comedor.

Los jefes sospechaban que trabajaba para alguna organización pasándole información reservada y decidieron ponerme en el mismo departamento para descubrir el pastel. No me costó darme cuenta de que estaba compinchada con alguien de dentro con el que se comunicaba frecuentemente. El santo y seña estaba claro: “¿Pero tú eres COTÉ?”. Muchas veces estuve tentado a tirar de la manta, pero el trabajar tan cerca de ella me convirtió en otro incauto seducido por su despeinada melena que no tenía el valor para acabar su misión. ¡Máldito idiota!, cuando me quise dar cuenta Carolina había volado de mi lado pasando a engrosar públicamente las filas del CDTI demostrando que mis jefes estaban en lo cierto.

Caído en desgracia, no volví a saber de ella hasta tiempo después, cuando en el buzón de mi casa recibí un sobre de textura inconfundible. Al leer el contenido pude comprobar con que ironía se burlaba de mí “La espía que se casó”:

“ ... participan el enlace matrimonial de sus hijos

Carolina y XXX

y se complacen en invitarles a la ceremonia religiosa y a la cena que se celebrará a continuación en los lugares señalados en rojo en el mapa que acompaña y que deberán memorizar.

Esta invitación de boda se destruirá en veinte segundos ”

Con la invitación en mis manos comencé mentalmente la cuenta atrás mientras esbozaba mi última sonrisa. Rick estaba confundido, ya no nos quedará París.

2 comentarios:

Unknown dijo...

anda mira! `puedo decir que he dormido a un metro de esa chica, que me he bañado en su piscina y que he comido de la dorada (o era trucha?) preparada por su madre... vaya feria de málaga!

Anónimo dijo...

PERO, ¿ SE PUEDE DORMIR A UN METRO DE ESA CHICA, BAÑARSE EN SU PISCINA Y COMERSE LA DORADA O TRUCHA DE SU MADRE, SIN SER "COTÉ" ?