lunes, 21 de julio de 2008

Mi boda de Marine (I)

En una boda se viven muchas bodas. La mayoría de estas bodas, comienzan antes de la fecha fijada.

Mi boda de Marine comenzó el 10 de Febrero, cuando me llamó para decirme que se casaba. En el tren de vuelta Madrid ese día le dije una mentira y una verdad. La verdad: que estaba loca. Cuando después comunicó por mail que cambiaba la fecha de la boda haciéndola coincidir con una a la que me había comprometido a ir, volví a mentir: “No sé si podré ir”. Marine se burló de mi mentira: “¡Que lástima!, es normal que al cambiar la fecha no pueda ir todo el mundo”. Un tranquilo café cara a cara con la otra bellísima novia sirvió para romper mi compromiso: “No puedo ir a tu boda, tengo una deuda moral con una chica que una vez hizo algo hermoso por mí”. Verdad a medias, la curiosidad de una boda de contrastes llenaba mi cuerpo de picores.

Mi boda de Marine continuó en otra boda y en otra boda y en un traje claro y en otro traje oscuro. También estuvo en una petición: “¿Cantarás en mi boda?”. “No sé que cantar”. La canción perfecta se me ocurrió demasiado tarde.

Mi boda de Marine se encontraba escondida en muchos de mis compromisos y en mis planes futuros, que se ajustaban y adaptaban al objetivo de esa fecha. Vacaciones, citas, festivales,…

Mi boda de Marine entrenó cinco meses y siete días y recibió el pistoletazo de salida el Viernes 18 de Julio a las 13:30h y, como los dibujos animados, de tan rápido que salió se dejó atrás los pantalones. Viajó viento en popa, dentro de la Scenic pirata acompañada por un capitán sin rumbo fijo, un desenfadado timonel, una bella grumete y una polizón sobrada de actitud. Se quedó sin ver “Scholl of Rock”, escuchó treinta veces el término “secarral”, se pasó la CAMPSA, tomó un desvío innecesario y entró en Fuenteheridos con los Gipsy Kings a todo trapo.

Mi boda de Marine sufrió la segregación sexual impuesta por la nueva miembro/a (según la ministra) del Opus, segregación escrupulosamente respetada a lo largo del fin de semana ahora que lo pienso; y paseó la maleta de un piso a otro para terminar compartiendo suspiros y relatos en sueños con el amante de los fados.

En la cena del Viernes, mi boda se retó a muerte, a ego y a humor con un ser, por los inalcanzables favores de una polizón. El mismo ser que, por falta de medios, permaneció toda la noche en la barra del bar de la mano de Mr. Hyde. Barra del bar que mi boda visitó mientras Manolo García ponía el hilo musical para que en la pista los ojos buscaran ojos en los vertederos de amor, del mismo modo que una mujer busca ansiosamente algo en el bolso. El timonel demostró después tener tanto talento con el volante como con la ruleta circular del iPod y permitió que alguna criolla (al 10% a lo sumo), escapara de melodías de Parchís. Fue ahí o no, cuando comenzó otro duelo, la foto en postura inverosímil, a la que la vikinga del 43 se prestó encantada. Antes de que la “rrrrubia” agotara el agua de los floreros y convirtiera la barra en otro secarral, mi boda se fue a acostar con el capitán, la del Opus, el de los fados y con la que se mostraría al día siguiente como una fanática de las frambuesas y de las cazadoras de pana, muy optimista ella: “Que sí, que sí, que cuando vayamos a desayunar ya te llamamos si eso…”

1 comentario:

julian dijo...

amante de los fados... no está mal como definición. Espero ansioso el segundo capitúlo, por si en mi inmenso despiste, se me escapó algo...